Aquellos lavaderos de intimidades y secretos

Por Antonio Castillo
Lavadero de Fuentes Nuevas, en la provincia de Granada, por debajo del Almicerán y
cerca del embalse de la Bolera (foto procedencia Antonio Castillo)
En caminos, como en pueblos, aldeas y cortijadas, los abrevaderos
y las albercas de riego fueron lugares masculinos por excelencia. Allí
los hombres se saludaban, hacían tratos o intercambiaban informa-
ción sobre el ganado, las siembras o el tiempo. Por contrapartida, los
lavaderos, a cubierto o en abierto, urbanos o montunos, colectivos
o individuales, en arroyos o en fuentes, fueron casi el único lugar de
CASTILLO, A. (2012)
"Aquellos lavaderos de intimidades y secretos"
En: “La Sierra del Agua: 80 viejas historias de Cazorla y Segura”. ISBN: 978-84-338-5415-5.
Editorial Universidad de Granada. 306-309

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sociabilidad reservado a las mujeres. Y entre medias, la fuente, que
podía resultar hasta un «salón» con bancos y todo, que permitía el
acceso y la espera a ambos sexos. En definitiva, el agua siempre con
su impagable función de sociabilidad y contacto, un alimento para el
alma, aparte de para el cuerpo.
En una época en la que las mujeres, especialmente las más jó-
venes, tenían que dar explicaciones para salir de casa, la tarea de ir
a la fuente, y muy especialmente al lavadero, era mucho más que un
trabajo. Las aguas de manantial eran muy apreciadas para los lava-
deros. Permitían levantar modestos cobertizos para protegerse de las
inclemencias del tiempo, no mermaban en exceso, ni por el contrario
venían crecidas, con arrastres o turbiones que ensuciaran la ropa. Sus
caricias eran cálidas en el duro invierno, cuando el río era yelo, si bien
en el verano el frío de los veneros mordía las manos. Precisamente,
a los hielos del invierno y a las frías aguas del verano se achaca gran
parte de la fortaleza de las serranas de antaño, y lo prietas que tenían
sus carnes.
Pero a pesar de los suplicios de la tarea, de la dureza del tiempo
y de la frialdad de las aguas, ir al lavadero era una esperada y deseada
evasión, un desahogo, un consuelo, un compartir, un ponerse al día,
un contarse secretos, y mucho más. Allí las mujeres se arropaban, se
protegían unas a otras, se pasaban consejos o recados sobre preten-
dientes, novios y maridos. Durante la guerra y después de ella, se
convirtieron además en lugar de consignas, traslado de información
o simplemente un buen sitio donde consolar con la compañía y la
conversación el afligimiento de aquellas mujeres que tenían hombres
en el frente o huidos.
En ese reducido y exclusivo espacio, el hombre no estaba bien
visto, cuando no directamente prohibida su entrada a los lavaderos
cubiertos, como se advertía en algunas placas de la época. Si algún
mozo rondón se ponía a tiro, las mujeres se divertían dirigiéndole
piropos jocosos y burlescos, e incluso groseros. Normalmente salían

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espoleados, pero, ¡ay de aquel que se engallaba y hacía frente a las
mujeres!
Las malas lenguas dicen que junto a las tablas de lavar, con las
conversaciones amortiguadas por el zapateo de la ropa y el murmullo
de la corriente, se cocinaban decisiones propias de auténticos ayunta-
mientos a la sombra, que criticaban o alababan, ponían en su sitio o
quitaban a los hombres que lo merecían. Desde luego, lo más sustan-
cioso del lavadero eran las conversaciones. Josefa, que se crió junto a
un caz donde lavaban todas las mujeres de la aldea, me contaba que
—Allí se sacaba a relucir desde una noche de novios de un
vecino, hasta quién no había llorado lo suficiente en un velato-
rio. Se daba un repaso a todo el pueblo…Pero salvo eso de darle
a la lengua, la faena era muy dura, aunque, no sé por qué, ten-
go buenos recuerdos de la tarea de ir a la fuente con mi madre,
hermanas y vecinas. Teníamos almohadillas rellenas de esparto
majado para proteger las rodillas. Nos poníamos en fila a la orilla
de una pequeña acequia al descubierto que venía de una mina
excavada en la roca. Las aguas eran cálidas en invierno, que hasta
echaban humo, y gélidas, hasta doler las manos, en verano. Pero
no solo era la ropa, allí también se lavaban utensilios, tripas para
la matanza, se ponían aceitunas a remojo, o se majaba esparto y
otras plantas.
En el borde del agua había una docena de tablas de lavar he-
chas de cemento, unas frente a otras para vernos las caras y hacer
más llevadero el trabajo con la conversación. Las primeras que
llegaban se ponían a la cabeza de la corriente para no recibir la
mugre de otras lavanderas, aunque algunas, muy pobres, prefe-
rían los últimos puestos a fin de aprovechar el enjabonado de
las de más arriba. Porque el jabón escaseaba. Era de fabricación
casera, a base de pringue de desecho, y ya le digo, éramos afortu-
nadas, porque de más antiguo se usaba grea, una arcilla pastosa, y
también un remedio a base de una planta que se cocía con ceniza.

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Lo primero era coger los trapos más sucios para desmugrar-
los. Los dejábamos enrollados y a remojo en un lebrillo a fin de
ablandarlos para lavarlos al final. Para el resto del traperío era un
arte ver cómo se lanzaba la ropa al agua y se zapateaba contra la
tabla. A continuación, se enjabonaba bien y se restregaba a purpe-
jo, o sea con los nudillos, que eso quizás lo haya visto usted hacer
alguna vez. Una reliquia del pasado, vamos.
Una vez lavada la ropa, se soleaba y aireaba en piedras y matas
alrededor de las aguas. Las prendas más íntimas se disimulaban, o
no, dependiendo de las intenciones de las muchachas, porque de
lejos siempre se dejaba caer algún mozo haciéndose el distraído
por si cogía algo. Igual le digo con las prendas de encaje o con las
sábanas bordadas, que algunas dejaban bien a la vista para presu-
mir, como seña de poderío. Pero en general, las ropas eran muy
pobres, ahora eso sí, al caer la tarde, limpias y secas dentro de las
canastas y talegas, olían a gloria bendita.
Después las guardaban en el arca bien oreadas,
para que no se apulgarasen, metiendo entre los pliegues membrillos maduros
y espigas de alhucema, que traían hasta sus cuartos de dormir los bravíos
y evocadores aromas de la Sierra
José Cuenca, La Sierra Caliente, 2003

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