«Tornajos», abrevaderos típicos que se pudrenpor la carcoma del olvido

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68. «Tornajos», abrevaderos típicos que se pudren
por la carcoma del olvido
Por Antonio Castillo
Tornajo (de dornajo) de la Cabrilla. La falta de uso acelera los procesos de putrefac-
ción. En la foto dos expertos «forestales»: Serafín Pérez (guarda forestal, a la derecha) y
Andrés Castillo (ingeniero técnico de montes) (foto Antonio Castillo, 19 de octubre de 2011)
Cualquiera que se mueva un poco por las fuentes de estas sierras, se
dará cuenta al momento que muchas contaron (o aún cuentan) con unos
CASTILLO, A. (2012)
"Tornajos, abrevaderos típicos que se pudren por la carcoma del olvido"
En: “La Sierra del Agua: 80 viejas historias de Cazorla y Segura”. ISBN: 978-84-338-5415-5.
Editorial Universidad de Granada. 303-305

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La Sierra del Agua
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singulares abrevaderos hechos con troncos de pinos ahuecados. Estos tí-
picos bebederos son conocidos por las gentes del lugar como tornajos, y
tornajeras la sucesión de ellos. La palabra, pese a su enorme popularidad
y uso en las montañas forestales del sudeste español, no está reconocida
por la Real Academia Española de la Lengua. Si lo está, dornajo, con un
sentido similar: «Especie de artesa…, también pesebre para toda clase de
caballerías», por lo que cabe suponer que la palabra tornajo deriva de ésta.
Los mejores troncos para los tornajos son los de pino laricio (Pinus
nigra), propios del terreno (autóctonos se diría ahora) y abundantes desde
Castril, al sur, hasta las sierras albaceteñas, al norte. No obstante, idénticos
tornajos existen en otras serranías limítrofes, entre ellas la de Baza, que
también estuvo muy poblada de laricios.
Eso explica que sean tan frecuentes los topónimos relacionados, como
tornajos, tornajuelos, tornajeras, dornajos, etc., que inundan la geografía
serrana. Estos rústicos abrevaderos fueron la solución natural de pastores
y ganaderos, cuando ni los carriles ni la gasolina se conocían. En las zonas
altas, de calares y navas, las de mejores pastos y mas ganaderas, sin acceso
y sin apenas arroyos ni fuentes, prestaron un servicio impagable. Allí era
necesario, más que en otros lugares ricos en aguas, la disposición de largas
tornajeras, superiores incluso a la decena de largos troncos, que proporcio-
naran un gran almacén de agua y un acceso lineal extenso, donde abrevar
en poco tiempo un buen rebaño.
Ni que decir tiene que por su extensa e intensa proliferación, la fa-
bricación de tornajos se convirtió en todo un oficio, un arte y una destre-
za en la que algunos hacheros fuertes y habilidosos destacaron, cogiendo
fama por tal motivo. Eran tiempos de la provincia marítima en los que el
monte bullía de aprovechamientos madereros. Entonces, los silbidos de
las hachas restañaban a todas horas en solanas y umbrías de toda la vasta
serranía. Entre los más habilidosos había apuestas y competiciones, y se
cuenta que algunos de estos hombres eran capaces de fabricar un tornajo
en poco más de una hora.
Y el resultado final eran unos abrevaderos, no solo rústicos y econó-
micos, sino además sumamente estéticos y armoniosamente integrados

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con el entorno. Pero es que también eran muy duraderos, siempre que se
conservaran llenos de forma permanente. Además daban aguas frescas, en
las que vivían o abrevaban sin ningún recelo las especies silvestres que lo
necesitaban. Así se entiende que esas balsas de agua, especialmente las de
riscas y calares, extensamente repartidas, constituyeran un sustento vital
para infinidad de seres vivos. Animales como las aves, las abejas o los an-
fibios eran comunes en todas las tornajeras. Por ejemplo, el sapo partero
ibérico, una especie exclusiva de las sierras del sureste peninsular, prosperó
felizmente en estos tornajos. Hoy, sin embargo, está en regresión y en pe-
ligro de extinción, afectado por enfermedades y cocido en los abrevaderos
de metal.
¡Qué curioso! Igual que les ocurre a los tornajos, hoy reemplazados
por piletas de cemento, canaletas de metal o, lo que es peor, por remedios
caseros como bidones cortados o antiguas bañeras recicladas. Todo un
horror a la vista y un espanto, cuando no una trampa mortal para la vida
salvaje. Por eso, gusta encontrarse de vez en cuando algunas tornajeras en
uso, eso sí, repuestas ya cuando va siendo necesario por la diestra mano de
los modernos hacheros, los motosierristas.
Los tornajos fueron un significativo exponente, como tantos otros,
de la buena sintonía que antaño hubo entre el serrano, la naturaleza y la
cultura. La despoblación y el modernismo del medio rural, que ya vatici-
nara hace varias décadas para los Campos de Castilla Miguel Delibes, ha
sido letal también para los tornajos. Sin uso y sin agua, se pudren despa-
rramados junto a las fuentes que le dieron vida, victimas de la insensibili-
dad y la carcoma del olvido. Urge ahora intentar que no se pierda el oficio,
y que estos bellos y beneficiosos abrevaderos no desaparezcan del todo.
Los más sólidos tornajos los hizo el «Tío Chorreones»,
un hachero de campanillas…En Siles trabajó Pedro «el del Volador»,
una eminencia con el hacha; y en Santiago, Crescensio «el de Marchena»
José Cuenca, La Sierra Caliente, 2003

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